viernes, 25 de marzo de 2016

Aquel Viernes Santo...

Celebrando en toda la Iglesia el Viernes Santo, el día de la oblación de Cristo en la Cruz, los cristianos miraremos en muchas ocasiones la Cruz de Nuestro Señor.

Como Familia Oblata, cuando miremos a la Cruz, no podemos olvidar qué ocurrió cuando Eugenio de Mazenod miró la Cruz en un Viernes Santo de 1807: le cambió la vida porque se encontró con el Amor Misericordioso del Salvador.

Ojalá que cuando miremos hoy a la Cruz, podamos tener nuestro propio Viernes Santo, nuestra propia conversión.

He buscado la felicidad fuera de Dios y demasiado tiempo para desgracia mía. ¿Cuantas veces, en la intimidad, mi corazón desgarrado, atormentado, se lanzaba hacía su Dios del que se había apartado? No puedo olvidar aquellas lágrimas amargas que la visión de la cruz hizo brotar de mis ojos, un viernes santo. Salían del corazón, fue imposible contenerlas; eran demasiado abundantes para que pudiera ocultarlas a los que, como yo, asistían a aquella ceremonia emocionante. Me sentía en estado de pecado mortal, y eso era precisamente el motivo de mi llanto. Pude sentir entonces, y en alguna otra ocasión la diferencia (con otros llantos). Jamás mi alma había quedado tan satisfecha; jamás había experimentado una felicidad tan intensa. Es que, en medio de ese torrente de lágrimas, a pesar de mi dolor, o más bien por medio de mi dolor, mi alma se lanzaba hacia su fin último, hacia Dios su único bien, cuya pérdida sentía profundamente. ¿Para qué decir más?. No lograré jamás expresar lo que sentí. Sólo el recordarlo me inunda el corazón de una dulce satisfacción y ansiedad. Soy feliz, mil veces feliz, porque este buen Padre, a pesar de mi indignidad, ha desplegado sobre mi, todo el torrente de sus misericordias. Que, por lo menos, yo recupere el tiempo perdido, centuplicando, mi amor por él. 

San Eugenio de Mazenod     

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